No hay reglas de vida, ni siquiera algo que te diga cuando estás haciendo mal, o cuando todo es esplendor y pompa en tu destino. He aprendido que lo más importante de la vida, es caer, si, caer hasta el fondo, hasta el peor agujero donde hay gusanos, serpientes, hiedras y hongos venenosos, caer con la boca abierta, tragar todo aquello que te hace daño, que te causa dolor, que te hiere, sè que esto no es divertido, pero hasta que no caes en esa fosa llena de alimañas y suciedad, no te das cuenta cuan hondo estabas antes, y no sabes rodeada de que seres malvados estabas. La oportunidad de caer no sòlo se limita a caer tragarte tu propia porquería de vida y morir, se trata de que la escupas, te levantes y saltes con todas tus fuerzas para poder respirar aire puro, para poder ver el camino, para encontrar la luz. Recuerden debe ser la luz más grande que vean, la más brillante, la más bonita, nunca se dejen llevar por pequeñas lucesitas que aunque parezcan adorables, no les dejan ver el bosque completo y la hermosura de este con ella.
Todos tenemos un luchador en nuestro interior, un luchador que es puesto a prueba de muchas formas, es más, nos pone a prueba desde el momento de salir al mundo, con una nalgada que significa dolor, el dolor de caer en la cuenta que estamos vivos, nos permite llorar, pero también nos enseña a respirar para sobrevivir. Así que porque quedarse con el recuerdo del llanto, cuando podemos aprender las mil y una formas de respirar, para poder crecer y enseñarle a los demás lo bien que lo hacemos.
Hay personas, a las que quieres con el alma, que se creen que van a protegerte si en vez de la palmada dura en el trasero para llorar, tan solo te arrullan y te cantan canciones lindas, arropandote, pero no se dan cuenta que tan morado estás porque no respiras. NO TENGAS MIEDO, tu, al igual que todos tiene derecho a respirar aunque te cueste la pena de salir de la cuna con sabanas lindas, y toque subirte en la montaña más rocosa y alta con los pies descalzos.
No te rindas!!!
Qué? que quién soy yo para hablar así? la chica que odia los libros motivacionales, la chica que es rara, anormal y desafortunadamente feliz? o infeliz?, como explicarlo, creo que no soy nadie simplemente mis dedos son tocados por una fuerza interior, la fuerza de Dios, la fuerza de la fé, la fuerza del amor y la capacidad de desear tú y yo seamos felices no importando quien no lo es por ver tu sonrisa.
No vas a creerme esto: pero cuando eres feliz, o cuando empiezas a serlo, el mundo se te vendrá encima. Hay mucha gente, incluso los que más amas que no quiere verte feliz, por la tonta idea de creer que no los vas a necesitar en tu vida, o porque se creen que ellos y nadie más podían irradiar sonrisas en tu rostro.
No temas, la felicidad es como una vacuna, te inyectan veneno, te duele, te marea, te da fiebre, a veces piensas que era mejor que no te hubiesen vacunado, que estabas mejor, pero luego ese veneno, el que está en tu cuerpo, por razones buenas claro está, te ayuda a ser más fuerte, se hace uno contigo y te da la paz y la salud mental y espiritual que necesitas.
Sone justo como nunca hubiera querido, no quiero convertirme en una escritora motivacional, te lo juro, pero es que suele pasar en la vida, y estoy justo siendo vacunada en este momento, tengo un maravilloso virus en el cuerpo, no quiero que nadie lo saque, siento que a sido la mejor vacuna de mi vida, y aunque estoy en la parte de la fiebre, tarde o temprano sé que pasara, y voy a ser inmune a toda enfermedad, creo que salte de la cuna, me raspé las rodillas, pero la buena noticia es que comienzo a ver la luz.
NO DEJES QUE NADIE TE NIEGUE EL VENENO, a veces bien preparado hace bien!!!!
y VACUNATE... hay que estar preparado....
domingo, 16 de enero de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
MOGUEL....(1)
Un día de tantos, cuando el ocio era mi principal ocupación decidí levantarme de la silla, apague el monitor de mi computadora, me puse el abrigo y busque a Moguel, mi pequeña bola de pelos negros, era un schnauzer de dos años a quien amaba con el alma.
Moguel llegó a mi casa a penas con un mes de nacido, su madre, era una perrita café y su padre un imponente perro negro que vivía al cruzar la calle de mi casa, su dueña Betzy era una de mis mejores amigas. Cuando Moguel nació estábamos emocionadas, la madre de Moguel había permanecido una larga temporada en la casa de Betzy, sus dueños eran los suegros de ella y prefirieron que estuviera con Charly, su pareja, porque en la casa de ellos no había suficiente espacio para poder tener a los dos perritos cómodos.
Era una fría mañana de enero cuando Betzy me mandó un mensaje a mi msn, -siempre estábamos chateando o hablando por teléfono cuando no estábamos riendo en alguna de las aceras de nuestras casas- el mensaje decía: Algo sale de la pancita de la novia de Charly!!!!!! Correeeee…!!!!!
Yo tenía la pijama aún como atuendo, me puse mis pantuflas de ositos –nunca salía así a la calle esta vez no me importó- y corrí al otro lado de la calle, mientras tocaba la puerta de Betzy, sentí un par de ojos clavados en mí; con el rabillo del ojo vi hacia atrás y el rubor se apodero de mis mejillas. Oh por Dios! Me dije, era Gabriel el chico que me gustaba y con quien había empezado a hablar hace solamente tres días, recobré el aliento cuando la madre de Betzy me abrió la puerta, ni siquiera le dije Hola a Gabriel, ni le dedique una sonrisa, el remordimiento se apoderó de mi cabeza un par de segundos, mientras que mis pantuflas se enredaron en la alfombra de la entrada y a trompicones corrí hacia la esquina de la lavandería donde mi amiga ya estaba con Haly y Charly los dos hermosos schnauzers que vivían en su casa.
Haly emitía sonidos tan dolorosos y raros, pero su mirada era tranquila, Charly se había echado frente a ella y la veía con ojos preocupados, yo corrí a su lado y le froté la panza mientras que Betzy ponía compresas de agua caliente en la barriguita de Haly. Hace un par de minutos llamé al doctor Suárez, me dijo con voz emocionada y la vez angustiada, -el doctor Suárez era el veterinario de Haly, y también el de Charly, sus dos dueños disfrutaban mucho las tardes en las que en vez de echar novio en casa iban al veterinario con sus perros-, Betzy estaba en pijamas, igual que yo, sólo que eran un tanto más…sexys que las mías, llevaba un short corto blanco de seda y una camisilla que hacía juego con el short, sus pantuflas eran afelpadas de color caramelo, yo al contrario, llevaba un pants azul cielo, con una camiseta gris que tenía un gran oso pintado vestido de ropa de dormir y que descansaba en la luna y claro mis típicas pantuflas.
De pronto Haly emitió un grito aún más fuerte que los anteriores, y entonces los perritos comenzaron a salir, en ese momento la escena de loso 101 dalmatas vino a mi mente y fantasee con la idea de que hubieran tantos perritos como fuera posible, luego de tres segundos ahogue una carcajada para no asustar a nadie; fueron cinco hermosos perritos los que salieron de Haly, mientras que con incredulidad y emoción Charly lamía a sus pequeños, era increíble la naturaleza canina y lo rápido que salían los perritos, en cuestión de minutos Haly ya estaba echada de nuevo y los pequeñitos en una canastita de mimbre con cojines que la mamá de Betzy había preparado para ellos.
El primero en salir fue un pequeñito color crema, sus ojos entrecerrados y su piel arrugada como la de los viejitos, el segundo era café se veía gracioso apenas podía sostenerse sobre sus patitas, el tercero era gris, le dedicó una mirada con una pizca de ternura a su padre, y luego fue a la canastita, el cuarto era una mezcla de gris y negro, era simplemente hermoso, y por último mientras Betzy ponía en la canastita al cachorrito gris, salió Moguel, lo tomé entre mis manos y fue uno de los momentos más bonitos de mi vida, mejor que el primer beso, o el primer día de universidad, sus ojos eran negros entrecerrados como sus hermanos lo levante frente a mi cara y le sonreí, no me percaté de que Betzy ya estaba de nuevo con Haly y de que Charly estaba en el espacio que abarcaba la canasta y yo, como reclamándolo, fue una conexión rápida pero bastaron los segundos para que nuestra amistad iniciara y fuera la más pura y linda que jamás he tenido.
Volví a la realidad al colocarlo junto con sus hermanos, mientras que Moguel gemía y se acurrucaba y yo trataba de trasladar junto con Betzy a Haly para que los cachorros fueran amamantados. Era una hermosa escena los dos perros lamían sus rostros en un beso, mientras que los cinco pequeñuelos extraían la primer leche de su madre y movían sus colitas en señal de vida y alegría, extenuadas Betzy y yo nos sentamos mientras su mamá nos daba un vaso con leche también y galletas, eran horneadas en casa, mis favoritas.
Betzy me vio con esos ojos grandes suyos, y esa expresión que ambas reconocíamos cuando se trataba de algo que había descubierto una de la otra. Me dijo: tengo que pensar que hacer con ellos no puedo tenerlos a todos en casa. Al fondo la mamá de Betzy dijo: recuerda que sólo conservaremos a uno. Mi cerebro comenzó a funcionar de la manera más rápida que se le ocurrió y las palabras se atropellaban una contra la otra: Si quieres puedo ayudarte con uno, puedo…puedo comprarte uno si quieres, quiero decir, deberías venderlos para pagar la manutención del que conserves y lo que gastaste con Haly en casa, además imagino que uno de los cachorros debe ir con ella también y pues te ayudaré a pensar que hacer con el resto,- para no decir otra estupidez tome un sorbo de leche, mientras mi amiga suspiró sonrió y me dijo: quédate con el negro, es tu regalo de cumpleaños.
Betzy yo… yo nunca quise –la sonrisa en mi interior era muy grande y ella sabía que no quise decir eso pero debí hacerlo- nunca quise sonar posesiva, le dije.
No te disculpes tonta, ya había pensado en regalarte uno para ahorrarme dos horas en una tienda de ropa, concluyó Betzy y las dos reímos a carcajadas mientras que el perrito color crema se sobresaltó y dio un brinquito.
El negrito es hermoso, le dije, estoy tan emocionada pero debo hablar con papá primero él no sé si querrá un perro en casa… que demonios será mío pero hay que dejarlos un tiempo juntos.
Fui feliz, muy feliz el resto del día lo ocupé claro está en asearme y vestirme como la gente normal después de que a la velocidad de un rayo cruce la calle y me metí en mi casa sin ser vista nada más que por el Señor Henry, un viejo de más o menos setenta años que vivía a dos casas de la mía lo salude con la mano, un saludo a medias casi, y me metí en mi casa. Como era domingo, antes de salir a casa de Betzy no note si mi papá todavía estaba en su cuarto, pero cuando entré un olor muy agradable, más bien apetitoso salía de la cocina. Estaba preparando un par de huevos con tomate, cebolla, jamón y tanto queso como soportaba el plato, eran mis favoritos.
Buenos días Carlitos,- dije en una risita entrecortada. Desde que mamá había muerto no le decía papá, no sabía porque estúpida razón mi cerebro bloqueo esa palabra hacía ya diez años. Carlos y yo habíamos aprendido a sobrevivir sin mi madre, éramos como dos buenos amigos viviendo bajo un mismo techo, aunque muchas veces mi mejor amigo me castigaba y me regañaba por alguna locura que con diecinueve años podía cometer, y pues recibía dinero y regalos además, para mí el mejor de los amigos era mi padre. Le contaba todo y él siempre tenía tiempo de escucharme, aunque también yo lo regañaba, cuando se le pasaban las copas, cosa que no era rutina pero que en la felicidad de celebrar algo con sus otros amigos era de esperarse.
A desayunar, gritó mientras yo corría por las escaleras y veía como las cabezas de los dos osos de mis pantuflas se movían con mucha rapidez.
Ya voy, grite con fuerza mientras azote la puerta del baño. Voy a darme una ducha rápida o llegaremos tarde, le dije mientras que entraba en la ducha. El agua era caliente, perfecta para el clima, solo entonces me percaté de que había salido sin un sudadero y que estaba tiritando de frío bajo la ducha.
En cuestión de diez minutos salí envuelta en mi bata azul, la bata de baño que Carlitos me había regalado en navidad, una de mis favoritas, me puse unos jeans azules y una playera blanca con un gato pintado enfrente, el que estaba pintando una serie de garabatos en la cara de una mujer, y busque a toda prisa mis tenis azules, de esos que ayudan a ejercitar las piernas. Tenía el atuendo justo y empecé a correr de nuevo escaleras abajo, mi padre ya tenía la mesa servida y terminaba de prepararse un café.
Generalmente él cocinaba los domingos, porque yo preparaba los almuerzos durante toda la semana, era un trato justo, y pues a veces gracioso porque siempre era probable que fuéramos a almorzar fuera en algún centro comercial.
Ese domingo habíamos planeado ir al parque a correr y luego de compras al supermercado, mi plan no podía ser mejor, Gabriel trabajaba los domingos en el mismo supermercado y pues que mejor oportunidad que esa para saludarlo. Carlitos lo sabía, pero se hacía el desentendido aunque no podía evitar sentir celos, conocía su mirada.
Cuando subimos al carro, un Nissan negro que había comprado hace dos años, mientras con una mano metía la llave para arrancar y con la otra me veía en el espejo le dije: Betzy me regalará un perrito que te parece?
Mi padre me vio con aquellos ojos suyos con los que primero desaprobaba mis locuras, pero que luego de un par de suplicas terminaba por aceptar, me dijo: a qué hora pretendes cuidar del perrito, es apenas un cachorro estás loca?
No supe que responder, pero su celular sonó justo en ese momento. Se había olvidado de apagarlo, siempre lo hacía cuando no estaba de turno en el hospital, era doctor, y cubría emergencias desde hace tres años, amaba su trabajo pero también le gustaba pasar su tiempo libre conmigo así que trataba de acomodar sus horarios y los míos, trabajaba en el hospital casi de tiempo completo entre semana, lunes a viernes, era uno de los veteranos del lugar y por lo tanto tenía una especie de privilegios que le ayudaban a decidir sus horarios pero que también le exigían la entrega a sus pacientes cuando lo requerían.
Efectivamente, la llamada era del hospital mi padre solo pudo decir voy para allá y con esa expresión de tormento me miró a los ojos y dijo: lo siento no podré ir contigo, piensa si quieres quedarte en casa o si vas a dejarme al hospital para traerte el carro de vuelta.
Piensa rápido, piensa rápido le ordené a mi cerebro, piensa rápido, entonces le dije: voy contigo. Encendí el motor del carro y bocine al guardian de la garita de seguridad de la entrada de mi colonia para que abriera el portón y pudiésemos salir, conduje lo más prudente y rápido posible, como era domingo el tráfico era leve y en cuestión de veinte minutos ya estábamos en el hospital.
Me parquee en la entrada siempre delante de donde aparcaban las ambulancias para no interrumpir el paso de los heridos, eso es lo que Carlos me había enseñado desde que aprendí a conducir. Se despidió con un beso y me entrego un poco de dinero para poder hacer las compras, prometió llamarme cuando atendiera a su paciente enfermo, quien había sido operado por una complicación vesicular, no recuerdo que otros términos había usado, siempre eran confusos para mi aunque pasaran los años escuchando hablar de enfermedades y órganos, la medicina no era lo mío, lo mío eran las leyes.
Lo abracé y en cuestión de segundos vi como corría por la puerta de emergencia la cual se abrió al sentir la proximidad de Carlos. Lo veía por el retrovisor, pero un ruido captó mi atención, y es que cuando iba a dejarlo al hospital no me quedaba por mucho tiempo, odiaba la sangre, el olor a alcohol y el formol que despedía aquel lugar. El ruido ensordecedor de un sirena que estaba como a unos siete metros de distancia del carro se hizo notar, me aterrorizaban las sirenas, me hacían recordar la noche en la que mamá había muerto.
La trasladaron en una ambulancia después de que carro chocó con otro en una autopista, el otro conductor iba ebrio y no vio a mi madre, según cuentan todos, mi madre murió en aquella sala de emergencias antes de que mi padre alcanzará llegar, porque era un sábado y justo estaba entrando de su último turno mientras que mamá volvía de una reunión con sus amigas y yo estaba en la fiesta de cumpleaños de uno de mis compañeritos de salón, tenía nueve años y entendí el griterío y la sorpresa de la mamá de Betzy cuando recibió la noticia, también entendí su abrazo y la forma en la que su tono de voz sonaba a tragedia cuando nos invitó al salir de la fiesta a mi amiga y a mí a tomar un helado para ganar tiempo y esperar a que Carlos me explicara todo.
Mamá siempre me acompañaba a las fiestas pero esa vez tenía que ir a su reunión de promo como ella decía, recuerdo que se veía hermosa con su vestido rojo y sus tacones que hacían juego con él, y un abrigo que llegaba justo a sus rodillas, las dos nos veíamos bien esa tarde. Me tomó de la mano y me llevó hasta el carro donde Betzy y su mamá me esperaban, me abrazó, me besó, aseguró mi cinturón de seguridad, cerró la puerta y con una sonrisa me dijo: Disfrútalo hija que yo también lo haré, subió a su carro, era una Chevrolet rojo, y ambas señoras arrancaron y salieron una tras la otra para luego tomar distintos caminos.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar la ambulancia, pero algo, una fuerza interior muy extraña hizo que me quedara sentada, como petrificada, esperando ver al herido en la camilla. Mi corazón se sobresaltó al ver a Estuardo, el mejor amigo de Gabriel bajando, lucía una cara pálida y se veía muy asustado. Él y yo nos conocíamos desde hacía varios años vivía a dos cuadras de mi casa y había sido quien me presentó a Gabriel, le debía mucho era un buen amigo. Mi reacción fue saltar de un brinco del carro y correr a su lado a preguntarle si estaba bien, que había sucedido, mientras corría sentía el miedo moverse en mi estómago retorcido.
Cuando estuve a escasos pasos de la ambulancia Estuardo me reconoció su única reacción fue correr y abrazarme, en un susurro me dijo: Lo siento debes estar tranquila, todo va bien, no es muy grave.
Sentí correr una gota de hielo sobre mi columna y luego mis manos se tornaron frías como un muerto. Era imposible y estúpido obedecer a sus palabras, siempre que te dicen debes estar tranquila piensas lo peor, y pues yo siempre he sido perceptiva. Trate de liberarme de los brazos de mi amigo, divisar la camilla, pero los doctores ya llevaban al enfermo en la entrada. Histérica le grité, le exigí saber quién era, que había pasado, no necesitaba consuelos ni abrazos, porque si esto era lo que el de la camilla provocaba debía de ser alguien a quien yo conocía alguien a quién yo quería, alguien que era amigo de Estuardo y mío tal vez, alguien como……
Mi cerebro llenó de aire solo alcanzó a escuchar, se desmayó y cayó de una escalera en el supermercado…. Reprimí el llanto, lo vi a los ojos y le dije: Es Gabriel verdad?, el asintió y me abrazó, no sé cuánto tiempo pasó y como pude pasar por alto la sensación de las lágrimas recorriendo mi rostro. Cuando recuperé un poco la compostura Estuardo me dijo: Quieres entrar?... Asentí de nuevo.
Mi padre estaba al otro lado del pasillo, se sobresaltó al verme, no sé si por mi expresión fantasmagórica o porque estaba dentro de la sala de urgencias, sus ojos de miedo se petrificaron mientras que su cuerpo corrió preguntando qué pasaba, lo único que pude decirle fue: Gabriel, está… no sé qué pasó, ayúdalo, le dije casi exigiendo.
Sácala de aquí le dijo a mi amigo, siéntense afuera, yo me encargo. Carlos sabía bien que estar allí solo empeoraría las cosas. Estuardo obedeció y me jaló por la cintura, no sé cómo ni cuándo estuvimos sentados en una acera tomando agua fría. Cuando mi rostro se veía más o menos normal y la sangre volvió a fluir con naturalidad, Estuardo me contó que Gabriel estaba apilando una fila de sopas instantáneas y subió en una escalera para poner las del estante de arriba, cuando de repente cayó sin sentido en el suelo y todos corrieron a ayudarlo.
No sé de qué se trata pero su pulso era normal cuando veníamos en la ambulancia, lo que me preocupa es que no abre sus ojos, está como dormido. La voz de mi amigo sonaba entre aterrorizada y ausente. La única imagen que tenía de Gabriel en mi cabeza era la de hace un par de horas cuando lo vi de reojo mientras corría a la casa de enfrente, me maldije por no haberle hablado o al menos por no haberle dedicado una sonrisa, fui una estúpida dije, no sé si en voz alta o no, pero después de eso sentí los brazos de mi amigo sobre mi hombro consolándonos en un abrazo.
Así estuvimos mucho tiempo, no recuerdo cuánto, hasta que la presencia de alguien detrás de mí me sobresaltó. Era Carlos, se dirigió a Estuardo y le dijo: ya avisaste a sus padres? Estuardo negó con la cabeza, mientras que Carlos le dijo: Ok, yo lo hago. Luego se inclinó hacia mí y me dijo: Sigue inconsciente se trata de una complicación en su cerebro, lo está atendiendo el mejor neurólogo no te preocupes y me envolvió entre sus brazos mientras mi llanto se aceleraba. Mi padre sabía bien que Gabriel era muy importante para mí, que me sentía atraída hacia él y que llevábamos muchas semanas de salidas, conversaciones interminables por teléfono y visitas a escondidas que él había decidido ignorar pero que los dos sabíamos conocía bien.
Un par de días atrás me había preguntado si estaba enamorada de aquel chico, yo le dije que lo quería pero que no quería precipitar las cosas, pero la verdad era que estaba muy ilusionada y justo ese día de él me había besado en la entrada de mi casa después de que fuéramos al cine y me acompañará con el pretexto de que nadie me robara. Carlos no había llegado aun así que lo del beso no creo que lo supiera. Sus besos eran, tan suaves, cuidadosos, literalmente volé por los aires cuando su boca tocó la mía, esbocé una sonrisa al terminar, mientras me susurró al oído: Te quiero mi Cinderella, quiero que pienses bien antes de contestar, quiero que seas mi novia, te veo el domingo en el supermercado al terminar mi turno y te invito a comer. Después se fue sin darme la oportunidad de decir nada.
Mi padre entró otra vez a la sala de urgencias. Un temblor empezó a sacudirnos, no supe si fue mi amigo o fui yo. Tome otro sorbo de agua y como pude busque mi celular en el bolsillo, me di cuenta que entre mis manos se encontraban aun el dinero y las llaves del carro, me limpie la cara y me levanté a buscar el celular dentro del carro. Por el retrovisor podía ver como Estuardo se movía de un lado al otro, parecía que podía construir en poco tiempo un agujero con sus pies recorriendo el concreto.
Mi celular estaba en la guantera, lo saque y marqué el teléfono de Betzy, por un momento me olvidé de los perritos y de que estaba atendiéndolos, solo necesitaba a mi amiga. Extrañas a los cachorros o a mí?, me contestó. Al ver que no emitía ni un solo sonido me dijo: Cindy estás bien?, estás ahí? Te pasa algo? Empecé a llorar y pude contarle que había pasado, lo único que dijo al final fue: Voy para allá.
Media hora después Betzy y su novio estaban delante de mi carro, estacionándose en la zona de visitantes del hospital. Había dejado a los cachorros con la mamá de Benjamín, el novio de Betzy, mientras él se parqueaba ella corrió y nos abrazó a ambos, las lágrimas ya no salían de mis ojos, solo estaba muy asustada. Nunca creí que él fuera tan importante para mí, le dije.
Finalmente Benjamín, estaba frente a nosotros y nos saludó con un abrazo. Mientras tanto Gabriel estaba en terapia intensiva, y nadie lo sabía aparte de los médicos que lo atendían, entre ellos mi padre.
Un par de minutos más tarde Carlos salió del hospital, justamente los padres de Gabriel estaban parqueando su carro a unos cuantos espacios del de Benjamín, su mamá corrió y vio con preocupación el rostro de Carlos, quien puso una mano sobre su hombro, segundos más tarde el papá de Gabriel estaba a su lado, entonces vi los labios de Carlos moverse pero no podía ni avanzar a escucharlos por miedo de ser señalada por ellos como una entrometida, y mi cerebro se negaba a dar la orden de alto a mis pies, así que cuando logre parar la marcha estaba a medio camino entre mis amigos y Carlos.
Solo pude ver como ambos padres se abrazaban, y como la señora Fuentes empezaba a desmayarse, antes de tocar el suelo, mi padre y el esposo de ésta ya la tenían en una camilla que justo estaba en la entrada del hospital. Carlos ordenó a una enfermera darle un suero y un calmante, y corrió hacia mí, mi cara se desdibujo, mis amigos lo notaron y corrieron también, yo permanecí como una estatua.
Mi padre me abrazó y vio a mis amigos, luego dijo: lo siento chicos, pero Gabriel –no había terminado de articular la oración cuando yo apreté su espalda y grité: Nooo, en una voz ahogada y vacía- está muerto.
Escuché como Betzy gritaba y como Estuardo caía al suelo, entré en shock, no dije nada después de mi negación, mi corazón latía por ratos, luego voltee y Estuardo seguía en el piso, así que me agaché tomé su rostro entre mis manos, eso lo hizo reaccionar, me miró a los ojos y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, al instante dos pares de brazos estaban sobre nosotros, eran Betzy y Benjamin, al sentir el perfume de mi amiga a mi lado me di la vuelta, recobré el sentido y comencé a gritar.
Un agujero tan profundo como no había sentido antes, esta vez era diferente al dolor de mi madre, se abría entre mi pecho, escuche a lo lejos a Carlos decir que debía volver. Yo seguía maldiciéndome por no haberle dicho lo mucho que lo quería, y decirle que sí, que sí quería ser su Cinderella.
Los papás de Gabriel ya no estaban, seguramente estaban adentro. Tanto como nuestros pies nos lo permitieron entramos, y allí estaba Celia, una de las enfermeras más antiguas del hospital. Era una señora bajita y regordeta que tenía unos ojos esperanzadores que te llenaban en cierta parte de amor y serenidad, siempre creí que había elegido muy bien su profesión, una que hiciera juego con sus ojos, creo que alguna vez ya se lo había dicho en voz alta.
Celia se ofreció acompañarme, yo la seguí junto a mis amigos, sin preguntarle a dónde íbamos, cuando reaccioné estábamos en la entrada de la morgue, ese lugar me daba un pánico tremendo, desde que mamá había muerto no había estado tan cerca y nunca había entrado.
Un sudor helado recorrió mi espalda, no pude evitar taparme la boca con la mano cuando el olor de los cuerpos inertes capturo mis sentidos. Mis amigos iban conmigo, Celia tomó mi mano cuando creyó que iba a estamparme contra el piso al contemplar las hileras de muertos que se encontraban en el lugar, cuerpos rígidos metidos en bolsa de plástico negras; apretando una mano contra la mía me dijo: Niños quieren salir, creí que les haría bien despedirse pero los veo algo abrumados por el lugar.
Betzy y Benjamín no pronunciaron palabra, solo dieron la vuelta, Estuardo tomó la mano que tenía libre y me dijo al oído: Vamos. Yo asentí y vi el rostro preventivo de Celia, quien me sonrió y siguió caminando, no habíamos avanzado mucho cuando de uno de los estantes abrió una de las gavetas y un cuerpo cubierto con una manta blanca salió.
Celia soltó mi mano, y para evitar que cayera al piso Estuardo me tomó por los hombros, era el cuerpo de Gabriel sin vida, sin ropa, sin color, cuidadosamente Celia destapó su rostro, estaba en paz, con sus ojos cerrado y una media sonrisa dibujada en su boca, la que pudo ser mi sonrisa, pero que en algún momento me dio alegría y me llenó de ilusión.
Me recompuse de una manera sorprendente cuando pensé en los momentos que fui feliz a su lado, eso sirvió a Estuardo para liberarme y dejar fluir también sus propios sentimientos. Aquel chico alto, fuerte y que parecía muchas veces insensible, se desplomó sobre aquel cuerpo frío, lo abrazó y comenzó a llorar como si tuviera cinco años, era impresionante la forma en la que mi amigo se aferraba al cuerpo de Gabriel, sentí que el agujero se así más hondo que no podía respirar.
Carlos una vez, me dijo que cuando me sintiera muy triste frotara mi pecho, en la parte donde estaba mi corazón, decía que darle una sobadita al corazón de vez en cuando era hacerlo sentir bien y demostrarle cuán importante era en nuestras vidas. Recordé ese consejo de mi padre y comencé a frotar mi pecho, Celia me abrazó y apretó el hombro de Estuardo con la otra mano, el volteo el rostro y se puso en pie, sus ojos eran rojos y se veían como dos grandes tomates, me limite a secar sus lágrimas, pero no me di cuenta de que las mías ya acaparaban mis ojos.
Entonces mi vista se volvió a Gabriel, con mi mano derecha toqué su pelo, castaño y liso, recorrí su frente, luego su mejilla, su quijada y luego llegue al punto donde comenzaba su boca, pase mi mano por el contorno de sus labios, luego subí por su nariz hasta rozar sus ojos, mi mano instintivamente regresó a sus labios los cuales ya no tenían el tono rosa que acostumbraban, era purpuras, sin vida, no me importó, yo lo quería.
Solo sentí como Estuardo me veía y como Celia lo tomaba por y lo abrazaba, ignoré aquel cuadro de dolor, ignoré el sufrimiento de mi amigo, como un acto reflejo mi rostro se inclinó al cadáver mis labios sobresalieron sobre mi cara y por fin encontraron aquellos labios purpuras, era nuestro primer beso, era mi primer beso, el beso que jamás nos dimos por mi indecisión quizás, lo besé y mi llanto aumentó, mis ojos se nublaron me aferré a su cuerpo, ya estaba helado como un iceberg, levante la cabeza aún con mis manos entre el torso de Gabriel y comencé a gritar.
Al escuchar mis gritos Celia y Estuardo voltearon trataron de zafarme pero yo me resistía a hacerlo, y de repente, no sé qué pasó, mi vista se nublo y termine tirada en el piso, Estuardo me sacó cargada y Celia me administró algo de olor fuerte que me hizo despertar, Betzy ya esta a mi lado, me dio agua fría y me ofreció volver a casa, cuando volvimos la mirada hacia el otro lado de la habitación una mujer menuda se retorcía en llanto, Benjamín la reconoció al instante, era la madre de Gabriel.
Me repuse, aunque no del todo, de aquel embarazoso desmayo, y junto con mis tres amigos nos aproximamos a ella, sin mediar palabra la abrazamos, ella sabía que no podíamos decir nada al igual que ella, pero ese abrazó nos unió aún más que mil palabras.
No había notado la hora, era ya demasiado tarde, casi la hora del fin del turno de Carlos, Celia volvió a aparecer detrás de mí con aquella mirada suya y me dijo: Tu papá te espera en la entrada quiere que vayan a casa a cambiarse, yo te mantendré informada cuando ya lo saquen de acá.
Estuardo estaba demasiado nervioso, así que le pedí que se fuera con nosotros en nuestro carro, y justo como Celia me había dicho mi padre esperaba angustiado, con voz calmada le pedí que lleváramos a mi amigo a su casa, el asintió y subimos al auto, un silencio sepulcral se apoderó del ambiente, hasta llegar a la casa de Estuardo, quien agradeció y bajo del carro, abrió la puerto y luego se volvió a la ventanilla del copiloto, lugar que yo ocupaba, y dijo: Te llamó luego para que pases por mí y vayamos al funeral, - yo solo asentí y sonreí..
Llegue a casa, no hable tampoco con Carlos en el camino, colgué las llaves en el lugar de costumbre y subí a toda prisa por las escaleras, cerrando la puerta de mi cuarto con una fuerza descomunal, me tumbe en la cama y traté de ahogar el llanto, pero se hizo más fuerte.
No sé cuántas horas lloré, Carlos no apareció, era una de las cosas que me gustaba de él, me daba el espacio que necesitaba, pero después de varias horas entró vestido con un pants y una playera azul, el pelo mojado, probablemente se acababa de duchar, y en las manos llevaba una bandeja con comida, no pude ver bien que tenía hasta que se acercó y la dejó en mi mesa de noche.
Llevaba un gran vaso de gaseosa, mi favorita, un vaso con jugo de naranja y un platón con queso derretido, tomate y muchos panes tostados. Se sentó en mi cama y me obligó a comer, antes de meterme el primer bocado a la boca, lo abracé y seguí llorando. Me susurró al oído: Tu amigo llamó dice que si puedes ir por él en dos horas. Asentí, luego me dijo: pero no puedes salir así tienes que comer y hacer algo por tu aspecto, ninguna hija mía va a salir así a la calle.
Mi padre sabía la fórmula perfecta para hacerme sonreír, me empujó como solía hacerlo cuando quería sentarse a mi lado, tomó la charola y la puso encima de sus piernas y comenzó a darme de comer, como a un bebé. Yo me limité a masticar y descansar mi cabeza sobre sus hombros, hasta que me di cuenta de que la comida se acabó.
Gracias, le dije en voz baja y lo abracé, el hizo lo mismo, me levante y me metí al baño, tenía que ducharme. Lo hice lo más rápido posible, salí empapada y me puse un vestido negro, medias negras y zapatos negros, en estos casos era el color adecuado, para mí, el color normal.
Carlitos me llevas- no veía a mi padre por ningún lado, así que lo grité, cuando voltee mi padre estaba ya vestido de un traje sastre negro, tenía que admitir que se veía muy guapo, luego me dijo: Puedo acompañarte?.
Claro que sí, sonreí y tome su mano, eso servirá para que Estuardo pasé por su carro al hospital. Abrió la portezuela y me metí, era todo un caballero. Llegamos rápido a la casa de Estuardo, Carlos bocinó y mi amigo salió al instante, se subió saludó y fuimos hasta el hospital donde estaba su carro, bajo y manejaba justo detrás de nosotros.
Llegamos a la funeraria y el tiempo pasó volando, cuando sentimos ya estábamos justo en el cementerio, era un cuadro terrible, todos los amigos de Gabriel, incluyéndome, estábamos a un extremos del ataúd, y del otro su mamá, su papá y sus dos hermanas.
No recuerdo bien quien, pero alguien agradeció a todos por estar allí y luego procedieron a bajar el ataúd mientras todos tirábamos rosas blancas sobre él, se escuchaban gritos, llanto, lamentos, no voy a olvidar nunca lo que sucedió, no voy a olvidar que ese ataúd llevaba consigo a alguien a quien había querido y seguiría queriendo después de su muerte.
La gente comenzó a irse, solo quedaban la familia y los amigos más cercanos, cansados nos sentamos en la grama, hasta que alguien creyó que lo más oportuno era irse. Me despedí de todos, y busqué a Carlos con la mirada, lo vi en la última silla, esperándome. Lo tomé del brazo y nos marchamos sin mirar atrás.
Era lunes, casi las tres de la tarde, tenía que prepararme para la universidad y Carlos para volver al hospital, nos cambiamos el traje rápidamente, y luego cada uno se fue por su ruta. Cuando subí a mi carro, puse el disco de rock que más me gustaba, el más estridente y con bajos más pronunciados, le di todo el volumen que mi equipo de sonido permitió y me perdí en el tráfico.
Los días transcurrían entre las aburridas cátedras magistrales de mis maestros, los almuerzos interminables con un grupo de chicas a las que lo único que les importaba era sus peinados, los trajes de noche y los spas, el tráfico, las cenas solitarias. La mejor parte del día era por las mañanas, cuando cruzaba la calle y mi amiga Betzy abría la puerta para acompañarla a darle de comer a los perritos. Crecían de manera impresionante, eran como bolitas de pelos que se ensanchaban cada vez más.
Así transcurrieron los días y paso un mes completo, unos cuantos días después era mi cumpleaños. Era sábado, estaba nublado, y mi propósito era dormir lo mejor y el mayor tiempo que mis ojos soportaran cerrados, así que después de abrir los ojos y ver que mi reloj marcaba las siete de la mañana, tome mi celular, abrí el reproductor de música y coloque los audífonos en mis oídos y una almohada en mi cara, parecía un maniquí.
No sentí cuando la puerta de mi habitación se abrió, sentí cuando los dos entraron, tampoco sentí cuando ya estaban junto a mí, lo único que sentí fue el roce de cuatro pequeñas patitas que caminaban sobre mi estomago.
Debo confesar, estaba medio dormida, así que creí que estaba soñando, continúe tarareando en mi mente la canción que sonaba, era Chasing Cars, de Snow Patrol, parte del soundtrack de mi serie favorita, Greys Anatomy, pero luego descubrí que no soñaba, cuando una pequeña lengua húmeda rozaba mi cara abrí los ojos, me quite los audífonos y una sonrisa se dibujo cuando vi a la bola de pelos más bella del mundo con un lazo rojo atado a su cuello.
Si era mi bola de pelos, luego vi a mi amiga y a Carlos parados junto a mí, él me dijo: bueno seguramente ya no te interesan mis regalos así que me voy.
Alto allí claro que me interesan aunque esta bolita de pelos es bella, le dije.
Ambos me abrazaron y Carlitos me dio un beso en la frente, sonreí, sonreí después de muchos días sin hacerlo, el agujero del pecho aún se encontraba en el mismo sitio pero poco a poco se iba cerrando.
Y tienes que buscarle un nombre, dijo Betzy.
Tienes que probar esto, dijo Carlos.
Abrí las cajas, y los vi, era ropa para mí claro, negra, jeans, blusas y un par de botas, y en otra de las cajas había ropita de perro, que le quedaba a mi bola de pelos a la perfección, sonreí y Betzy me ayudó a medírsela.
Una hermosa camisita y un gorro de escoses fue lo primero y cuando lo vi ya vestido, le dije: Te llamarás Moguel.
Fue uno de los mejores cumpleaños de mi historia, Moguel ha sido parte de mi vida desde entonces, siempre duerme en mi recamara, y me despierta en las mañanas cuando quien sabe como adivina la hora en la que debo levantarme me lame la cara como la primera vez.
Ese día de diciembre, después de apagar el monitor de mi computadora encontré a mi fiel amigo con la correa en la mano, adivinaba todo, era impresionante, salimos sin rumbo fijo, pasamos frente a la casa de Gabriel, y decidí ir a visitarlo, solo el viento y Moguel fueron testigos de nuestro encuentro, la herida no había sanado después de dos años.
Coloque una flor que robe de la tumba vecina, Moguel se acurrucó a mi lado con las orejas hacia abajo y yo me quedé allí frente a su tumba contemplando la tranquilidad, la soledad y la tristeza que envolvía al ambiente. Abracé a Moguel, y emprendimos el regresó a casa.
Moguel llegó a mi casa a penas con un mes de nacido, su madre, era una perrita café y su padre un imponente perro negro que vivía al cruzar la calle de mi casa, su dueña Betzy era una de mis mejores amigas. Cuando Moguel nació estábamos emocionadas, la madre de Moguel había permanecido una larga temporada en la casa de Betzy, sus dueños eran los suegros de ella y prefirieron que estuviera con Charly, su pareja, porque en la casa de ellos no había suficiente espacio para poder tener a los dos perritos cómodos.
Era una fría mañana de enero cuando Betzy me mandó un mensaje a mi msn, -siempre estábamos chateando o hablando por teléfono cuando no estábamos riendo en alguna de las aceras de nuestras casas- el mensaje decía: Algo sale de la pancita de la novia de Charly!!!!!! Correeeee…!!!!!
Yo tenía la pijama aún como atuendo, me puse mis pantuflas de ositos –nunca salía así a la calle esta vez no me importó- y corrí al otro lado de la calle, mientras tocaba la puerta de Betzy, sentí un par de ojos clavados en mí; con el rabillo del ojo vi hacia atrás y el rubor se apodero de mis mejillas. Oh por Dios! Me dije, era Gabriel el chico que me gustaba y con quien había empezado a hablar hace solamente tres días, recobré el aliento cuando la madre de Betzy me abrió la puerta, ni siquiera le dije Hola a Gabriel, ni le dedique una sonrisa, el remordimiento se apoderó de mi cabeza un par de segundos, mientras que mis pantuflas se enredaron en la alfombra de la entrada y a trompicones corrí hacia la esquina de la lavandería donde mi amiga ya estaba con Haly y Charly los dos hermosos schnauzers que vivían en su casa.
Haly emitía sonidos tan dolorosos y raros, pero su mirada era tranquila, Charly se había echado frente a ella y la veía con ojos preocupados, yo corrí a su lado y le froté la panza mientras que Betzy ponía compresas de agua caliente en la barriguita de Haly. Hace un par de minutos llamé al doctor Suárez, me dijo con voz emocionada y la vez angustiada, -el doctor Suárez era el veterinario de Haly, y también el de Charly, sus dos dueños disfrutaban mucho las tardes en las que en vez de echar novio en casa iban al veterinario con sus perros-, Betzy estaba en pijamas, igual que yo, sólo que eran un tanto más…sexys que las mías, llevaba un short corto blanco de seda y una camisilla que hacía juego con el short, sus pantuflas eran afelpadas de color caramelo, yo al contrario, llevaba un pants azul cielo, con una camiseta gris que tenía un gran oso pintado vestido de ropa de dormir y que descansaba en la luna y claro mis típicas pantuflas.
De pronto Haly emitió un grito aún más fuerte que los anteriores, y entonces los perritos comenzaron a salir, en ese momento la escena de loso 101 dalmatas vino a mi mente y fantasee con la idea de que hubieran tantos perritos como fuera posible, luego de tres segundos ahogue una carcajada para no asustar a nadie; fueron cinco hermosos perritos los que salieron de Haly, mientras que con incredulidad y emoción Charly lamía a sus pequeños, era increíble la naturaleza canina y lo rápido que salían los perritos, en cuestión de minutos Haly ya estaba echada de nuevo y los pequeñitos en una canastita de mimbre con cojines que la mamá de Betzy había preparado para ellos.
El primero en salir fue un pequeñito color crema, sus ojos entrecerrados y su piel arrugada como la de los viejitos, el segundo era café se veía gracioso apenas podía sostenerse sobre sus patitas, el tercero era gris, le dedicó una mirada con una pizca de ternura a su padre, y luego fue a la canastita, el cuarto era una mezcla de gris y negro, era simplemente hermoso, y por último mientras Betzy ponía en la canastita al cachorrito gris, salió Moguel, lo tomé entre mis manos y fue uno de los momentos más bonitos de mi vida, mejor que el primer beso, o el primer día de universidad, sus ojos eran negros entrecerrados como sus hermanos lo levante frente a mi cara y le sonreí, no me percaté de que Betzy ya estaba de nuevo con Haly y de que Charly estaba en el espacio que abarcaba la canasta y yo, como reclamándolo, fue una conexión rápida pero bastaron los segundos para que nuestra amistad iniciara y fuera la más pura y linda que jamás he tenido.
Volví a la realidad al colocarlo junto con sus hermanos, mientras que Moguel gemía y se acurrucaba y yo trataba de trasladar junto con Betzy a Haly para que los cachorros fueran amamantados. Era una hermosa escena los dos perros lamían sus rostros en un beso, mientras que los cinco pequeñuelos extraían la primer leche de su madre y movían sus colitas en señal de vida y alegría, extenuadas Betzy y yo nos sentamos mientras su mamá nos daba un vaso con leche también y galletas, eran horneadas en casa, mis favoritas.
Betzy me vio con esos ojos grandes suyos, y esa expresión que ambas reconocíamos cuando se trataba de algo que había descubierto una de la otra. Me dijo: tengo que pensar que hacer con ellos no puedo tenerlos a todos en casa. Al fondo la mamá de Betzy dijo: recuerda que sólo conservaremos a uno. Mi cerebro comenzó a funcionar de la manera más rápida que se le ocurrió y las palabras se atropellaban una contra la otra: Si quieres puedo ayudarte con uno, puedo…puedo comprarte uno si quieres, quiero decir, deberías venderlos para pagar la manutención del que conserves y lo que gastaste con Haly en casa, además imagino que uno de los cachorros debe ir con ella también y pues te ayudaré a pensar que hacer con el resto,- para no decir otra estupidez tome un sorbo de leche, mientras mi amiga suspiró sonrió y me dijo: quédate con el negro, es tu regalo de cumpleaños.
Betzy yo… yo nunca quise –la sonrisa en mi interior era muy grande y ella sabía que no quise decir eso pero debí hacerlo- nunca quise sonar posesiva, le dije.
No te disculpes tonta, ya había pensado en regalarte uno para ahorrarme dos horas en una tienda de ropa, concluyó Betzy y las dos reímos a carcajadas mientras que el perrito color crema se sobresaltó y dio un brinquito.
El negrito es hermoso, le dije, estoy tan emocionada pero debo hablar con papá primero él no sé si querrá un perro en casa… que demonios será mío pero hay que dejarlos un tiempo juntos.
Fui feliz, muy feliz el resto del día lo ocupé claro está en asearme y vestirme como la gente normal después de que a la velocidad de un rayo cruce la calle y me metí en mi casa sin ser vista nada más que por el Señor Henry, un viejo de más o menos setenta años que vivía a dos casas de la mía lo salude con la mano, un saludo a medias casi, y me metí en mi casa. Como era domingo, antes de salir a casa de Betzy no note si mi papá todavía estaba en su cuarto, pero cuando entré un olor muy agradable, más bien apetitoso salía de la cocina. Estaba preparando un par de huevos con tomate, cebolla, jamón y tanto queso como soportaba el plato, eran mis favoritos.
Buenos días Carlitos,- dije en una risita entrecortada. Desde que mamá había muerto no le decía papá, no sabía porque estúpida razón mi cerebro bloqueo esa palabra hacía ya diez años. Carlos y yo habíamos aprendido a sobrevivir sin mi madre, éramos como dos buenos amigos viviendo bajo un mismo techo, aunque muchas veces mi mejor amigo me castigaba y me regañaba por alguna locura que con diecinueve años podía cometer, y pues recibía dinero y regalos además, para mí el mejor de los amigos era mi padre. Le contaba todo y él siempre tenía tiempo de escucharme, aunque también yo lo regañaba, cuando se le pasaban las copas, cosa que no era rutina pero que en la felicidad de celebrar algo con sus otros amigos era de esperarse.
A desayunar, gritó mientras yo corría por las escaleras y veía como las cabezas de los dos osos de mis pantuflas se movían con mucha rapidez.
Ya voy, grite con fuerza mientras azote la puerta del baño. Voy a darme una ducha rápida o llegaremos tarde, le dije mientras que entraba en la ducha. El agua era caliente, perfecta para el clima, solo entonces me percaté de que había salido sin un sudadero y que estaba tiritando de frío bajo la ducha.
En cuestión de diez minutos salí envuelta en mi bata azul, la bata de baño que Carlitos me había regalado en navidad, una de mis favoritas, me puse unos jeans azules y una playera blanca con un gato pintado enfrente, el que estaba pintando una serie de garabatos en la cara de una mujer, y busque a toda prisa mis tenis azules, de esos que ayudan a ejercitar las piernas. Tenía el atuendo justo y empecé a correr de nuevo escaleras abajo, mi padre ya tenía la mesa servida y terminaba de prepararse un café.
Generalmente él cocinaba los domingos, porque yo preparaba los almuerzos durante toda la semana, era un trato justo, y pues a veces gracioso porque siempre era probable que fuéramos a almorzar fuera en algún centro comercial.
Ese domingo habíamos planeado ir al parque a correr y luego de compras al supermercado, mi plan no podía ser mejor, Gabriel trabajaba los domingos en el mismo supermercado y pues que mejor oportunidad que esa para saludarlo. Carlitos lo sabía, pero se hacía el desentendido aunque no podía evitar sentir celos, conocía su mirada.
Cuando subimos al carro, un Nissan negro que había comprado hace dos años, mientras con una mano metía la llave para arrancar y con la otra me veía en el espejo le dije: Betzy me regalará un perrito que te parece?
Mi padre me vio con aquellos ojos suyos con los que primero desaprobaba mis locuras, pero que luego de un par de suplicas terminaba por aceptar, me dijo: a qué hora pretendes cuidar del perrito, es apenas un cachorro estás loca?
No supe que responder, pero su celular sonó justo en ese momento. Se había olvidado de apagarlo, siempre lo hacía cuando no estaba de turno en el hospital, era doctor, y cubría emergencias desde hace tres años, amaba su trabajo pero también le gustaba pasar su tiempo libre conmigo así que trataba de acomodar sus horarios y los míos, trabajaba en el hospital casi de tiempo completo entre semana, lunes a viernes, era uno de los veteranos del lugar y por lo tanto tenía una especie de privilegios que le ayudaban a decidir sus horarios pero que también le exigían la entrega a sus pacientes cuando lo requerían.
Efectivamente, la llamada era del hospital mi padre solo pudo decir voy para allá y con esa expresión de tormento me miró a los ojos y dijo: lo siento no podré ir contigo, piensa si quieres quedarte en casa o si vas a dejarme al hospital para traerte el carro de vuelta.
Piensa rápido, piensa rápido le ordené a mi cerebro, piensa rápido, entonces le dije: voy contigo. Encendí el motor del carro y bocine al guardian de la garita de seguridad de la entrada de mi colonia para que abriera el portón y pudiésemos salir, conduje lo más prudente y rápido posible, como era domingo el tráfico era leve y en cuestión de veinte minutos ya estábamos en el hospital.
Me parquee en la entrada siempre delante de donde aparcaban las ambulancias para no interrumpir el paso de los heridos, eso es lo que Carlos me había enseñado desde que aprendí a conducir. Se despidió con un beso y me entrego un poco de dinero para poder hacer las compras, prometió llamarme cuando atendiera a su paciente enfermo, quien había sido operado por una complicación vesicular, no recuerdo que otros términos había usado, siempre eran confusos para mi aunque pasaran los años escuchando hablar de enfermedades y órganos, la medicina no era lo mío, lo mío eran las leyes.
Lo abracé y en cuestión de segundos vi como corría por la puerta de emergencia la cual se abrió al sentir la proximidad de Carlos. Lo veía por el retrovisor, pero un ruido captó mi atención, y es que cuando iba a dejarlo al hospital no me quedaba por mucho tiempo, odiaba la sangre, el olor a alcohol y el formol que despedía aquel lugar. El ruido ensordecedor de un sirena que estaba como a unos siete metros de distancia del carro se hizo notar, me aterrorizaban las sirenas, me hacían recordar la noche en la que mamá había muerto.
La trasladaron en una ambulancia después de que carro chocó con otro en una autopista, el otro conductor iba ebrio y no vio a mi madre, según cuentan todos, mi madre murió en aquella sala de emergencias antes de que mi padre alcanzará llegar, porque era un sábado y justo estaba entrando de su último turno mientras que mamá volvía de una reunión con sus amigas y yo estaba en la fiesta de cumpleaños de uno de mis compañeritos de salón, tenía nueve años y entendí el griterío y la sorpresa de la mamá de Betzy cuando recibió la noticia, también entendí su abrazo y la forma en la que su tono de voz sonaba a tragedia cuando nos invitó al salir de la fiesta a mi amiga y a mí a tomar un helado para ganar tiempo y esperar a que Carlos me explicara todo.
Mamá siempre me acompañaba a las fiestas pero esa vez tenía que ir a su reunión de promo como ella decía, recuerdo que se veía hermosa con su vestido rojo y sus tacones que hacían juego con él, y un abrigo que llegaba justo a sus rodillas, las dos nos veíamos bien esa tarde. Me tomó de la mano y me llevó hasta el carro donde Betzy y su mamá me esperaban, me abrazó, me besó, aseguró mi cinturón de seguridad, cerró la puerta y con una sonrisa me dijo: Disfrútalo hija que yo también lo haré, subió a su carro, era una Chevrolet rojo, y ambas señoras arrancaron y salieron una tras la otra para luego tomar distintos caminos.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar la ambulancia, pero algo, una fuerza interior muy extraña hizo que me quedara sentada, como petrificada, esperando ver al herido en la camilla. Mi corazón se sobresaltó al ver a Estuardo, el mejor amigo de Gabriel bajando, lucía una cara pálida y se veía muy asustado. Él y yo nos conocíamos desde hacía varios años vivía a dos cuadras de mi casa y había sido quien me presentó a Gabriel, le debía mucho era un buen amigo. Mi reacción fue saltar de un brinco del carro y correr a su lado a preguntarle si estaba bien, que había sucedido, mientras corría sentía el miedo moverse en mi estómago retorcido.
Cuando estuve a escasos pasos de la ambulancia Estuardo me reconoció su única reacción fue correr y abrazarme, en un susurro me dijo: Lo siento debes estar tranquila, todo va bien, no es muy grave.
Sentí correr una gota de hielo sobre mi columna y luego mis manos se tornaron frías como un muerto. Era imposible y estúpido obedecer a sus palabras, siempre que te dicen debes estar tranquila piensas lo peor, y pues yo siempre he sido perceptiva. Trate de liberarme de los brazos de mi amigo, divisar la camilla, pero los doctores ya llevaban al enfermo en la entrada. Histérica le grité, le exigí saber quién era, que había pasado, no necesitaba consuelos ni abrazos, porque si esto era lo que el de la camilla provocaba debía de ser alguien a quien yo conocía alguien a quién yo quería, alguien que era amigo de Estuardo y mío tal vez, alguien como……
Mi cerebro llenó de aire solo alcanzó a escuchar, se desmayó y cayó de una escalera en el supermercado…. Reprimí el llanto, lo vi a los ojos y le dije: Es Gabriel verdad?, el asintió y me abrazó, no sé cuánto tiempo pasó y como pude pasar por alto la sensación de las lágrimas recorriendo mi rostro. Cuando recuperé un poco la compostura Estuardo me dijo: Quieres entrar?... Asentí de nuevo.
Mi padre estaba al otro lado del pasillo, se sobresaltó al verme, no sé si por mi expresión fantasmagórica o porque estaba dentro de la sala de urgencias, sus ojos de miedo se petrificaron mientras que su cuerpo corrió preguntando qué pasaba, lo único que pude decirle fue: Gabriel, está… no sé qué pasó, ayúdalo, le dije casi exigiendo.
Sácala de aquí le dijo a mi amigo, siéntense afuera, yo me encargo. Carlos sabía bien que estar allí solo empeoraría las cosas. Estuardo obedeció y me jaló por la cintura, no sé cómo ni cuándo estuvimos sentados en una acera tomando agua fría. Cuando mi rostro se veía más o menos normal y la sangre volvió a fluir con naturalidad, Estuardo me contó que Gabriel estaba apilando una fila de sopas instantáneas y subió en una escalera para poner las del estante de arriba, cuando de repente cayó sin sentido en el suelo y todos corrieron a ayudarlo.
No sé de qué se trata pero su pulso era normal cuando veníamos en la ambulancia, lo que me preocupa es que no abre sus ojos, está como dormido. La voz de mi amigo sonaba entre aterrorizada y ausente. La única imagen que tenía de Gabriel en mi cabeza era la de hace un par de horas cuando lo vi de reojo mientras corría a la casa de enfrente, me maldije por no haberle hablado o al menos por no haberle dedicado una sonrisa, fui una estúpida dije, no sé si en voz alta o no, pero después de eso sentí los brazos de mi amigo sobre mi hombro consolándonos en un abrazo.
Así estuvimos mucho tiempo, no recuerdo cuánto, hasta que la presencia de alguien detrás de mí me sobresaltó. Era Carlos, se dirigió a Estuardo y le dijo: ya avisaste a sus padres? Estuardo negó con la cabeza, mientras que Carlos le dijo: Ok, yo lo hago. Luego se inclinó hacia mí y me dijo: Sigue inconsciente se trata de una complicación en su cerebro, lo está atendiendo el mejor neurólogo no te preocupes y me envolvió entre sus brazos mientras mi llanto se aceleraba. Mi padre sabía bien que Gabriel era muy importante para mí, que me sentía atraída hacia él y que llevábamos muchas semanas de salidas, conversaciones interminables por teléfono y visitas a escondidas que él había decidido ignorar pero que los dos sabíamos conocía bien.
Un par de días atrás me había preguntado si estaba enamorada de aquel chico, yo le dije que lo quería pero que no quería precipitar las cosas, pero la verdad era que estaba muy ilusionada y justo ese día de él me había besado en la entrada de mi casa después de que fuéramos al cine y me acompañará con el pretexto de que nadie me robara. Carlos no había llegado aun así que lo del beso no creo que lo supiera. Sus besos eran, tan suaves, cuidadosos, literalmente volé por los aires cuando su boca tocó la mía, esbocé una sonrisa al terminar, mientras me susurró al oído: Te quiero mi Cinderella, quiero que pienses bien antes de contestar, quiero que seas mi novia, te veo el domingo en el supermercado al terminar mi turno y te invito a comer. Después se fue sin darme la oportunidad de decir nada.
Mi padre entró otra vez a la sala de urgencias. Un temblor empezó a sacudirnos, no supe si fue mi amigo o fui yo. Tome otro sorbo de agua y como pude busque mi celular en el bolsillo, me di cuenta que entre mis manos se encontraban aun el dinero y las llaves del carro, me limpie la cara y me levanté a buscar el celular dentro del carro. Por el retrovisor podía ver como Estuardo se movía de un lado al otro, parecía que podía construir en poco tiempo un agujero con sus pies recorriendo el concreto.
Mi celular estaba en la guantera, lo saque y marqué el teléfono de Betzy, por un momento me olvidé de los perritos y de que estaba atendiéndolos, solo necesitaba a mi amiga. Extrañas a los cachorros o a mí?, me contestó. Al ver que no emitía ni un solo sonido me dijo: Cindy estás bien?, estás ahí? Te pasa algo? Empecé a llorar y pude contarle que había pasado, lo único que dijo al final fue: Voy para allá.
Media hora después Betzy y su novio estaban delante de mi carro, estacionándose en la zona de visitantes del hospital. Había dejado a los cachorros con la mamá de Benjamín, el novio de Betzy, mientras él se parqueaba ella corrió y nos abrazó a ambos, las lágrimas ya no salían de mis ojos, solo estaba muy asustada. Nunca creí que él fuera tan importante para mí, le dije.
Finalmente Benjamín, estaba frente a nosotros y nos saludó con un abrazo. Mientras tanto Gabriel estaba en terapia intensiva, y nadie lo sabía aparte de los médicos que lo atendían, entre ellos mi padre.
Un par de minutos más tarde Carlos salió del hospital, justamente los padres de Gabriel estaban parqueando su carro a unos cuantos espacios del de Benjamín, su mamá corrió y vio con preocupación el rostro de Carlos, quien puso una mano sobre su hombro, segundos más tarde el papá de Gabriel estaba a su lado, entonces vi los labios de Carlos moverse pero no podía ni avanzar a escucharlos por miedo de ser señalada por ellos como una entrometida, y mi cerebro se negaba a dar la orden de alto a mis pies, así que cuando logre parar la marcha estaba a medio camino entre mis amigos y Carlos.
Solo pude ver como ambos padres se abrazaban, y como la señora Fuentes empezaba a desmayarse, antes de tocar el suelo, mi padre y el esposo de ésta ya la tenían en una camilla que justo estaba en la entrada del hospital. Carlos ordenó a una enfermera darle un suero y un calmante, y corrió hacia mí, mi cara se desdibujo, mis amigos lo notaron y corrieron también, yo permanecí como una estatua.
Mi padre me abrazó y vio a mis amigos, luego dijo: lo siento chicos, pero Gabriel –no había terminado de articular la oración cuando yo apreté su espalda y grité: Nooo, en una voz ahogada y vacía- está muerto.
Escuché como Betzy gritaba y como Estuardo caía al suelo, entré en shock, no dije nada después de mi negación, mi corazón latía por ratos, luego voltee y Estuardo seguía en el piso, así que me agaché tomé su rostro entre mis manos, eso lo hizo reaccionar, me miró a los ojos y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, al instante dos pares de brazos estaban sobre nosotros, eran Betzy y Benjamin, al sentir el perfume de mi amiga a mi lado me di la vuelta, recobré el sentido y comencé a gritar.
Un agujero tan profundo como no había sentido antes, esta vez era diferente al dolor de mi madre, se abría entre mi pecho, escuche a lo lejos a Carlos decir que debía volver. Yo seguía maldiciéndome por no haberle dicho lo mucho que lo quería, y decirle que sí, que sí quería ser su Cinderella.
Los papás de Gabriel ya no estaban, seguramente estaban adentro. Tanto como nuestros pies nos lo permitieron entramos, y allí estaba Celia, una de las enfermeras más antiguas del hospital. Era una señora bajita y regordeta que tenía unos ojos esperanzadores que te llenaban en cierta parte de amor y serenidad, siempre creí que había elegido muy bien su profesión, una que hiciera juego con sus ojos, creo que alguna vez ya se lo había dicho en voz alta.
Celia se ofreció acompañarme, yo la seguí junto a mis amigos, sin preguntarle a dónde íbamos, cuando reaccioné estábamos en la entrada de la morgue, ese lugar me daba un pánico tremendo, desde que mamá había muerto no había estado tan cerca y nunca había entrado.
Un sudor helado recorrió mi espalda, no pude evitar taparme la boca con la mano cuando el olor de los cuerpos inertes capturo mis sentidos. Mis amigos iban conmigo, Celia tomó mi mano cuando creyó que iba a estamparme contra el piso al contemplar las hileras de muertos que se encontraban en el lugar, cuerpos rígidos metidos en bolsa de plástico negras; apretando una mano contra la mía me dijo: Niños quieren salir, creí que les haría bien despedirse pero los veo algo abrumados por el lugar.
Betzy y Benjamín no pronunciaron palabra, solo dieron la vuelta, Estuardo tomó la mano que tenía libre y me dijo al oído: Vamos. Yo asentí y vi el rostro preventivo de Celia, quien me sonrió y siguió caminando, no habíamos avanzado mucho cuando de uno de los estantes abrió una de las gavetas y un cuerpo cubierto con una manta blanca salió.
Celia soltó mi mano, y para evitar que cayera al piso Estuardo me tomó por los hombros, era el cuerpo de Gabriel sin vida, sin ropa, sin color, cuidadosamente Celia destapó su rostro, estaba en paz, con sus ojos cerrado y una media sonrisa dibujada en su boca, la que pudo ser mi sonrisa, pero que en algún momento me dio alegría y me llenó de ilusión.
Me recompuse de una manera sorprendente cuando pensé en los momentos que fui feliz a su lado, eso sirvió a Estuardo para liberarme y dejar fluir también sus propios sentimientos. Aquel chico alto, fuerte y que parecía muchas veces insensible, se desplomó sobre aquel cuerpo frío, lo abrazó y comenzó a llorar como si tuviera cinco años, era impresionante la forma en la que mi amigo se aferraba al cuerpo de Gabriel, sentí que el agujero se así más hondo que no podía respirar.
Carlos una vez, me dijo que cuando me sintiera muy triste frotara mi pecho, en la parte donde estaba mi corazón, decía que darle una sobadita al corazón de vez en cuando era hacerlo sentir bien y demostrarle cuán importante era en nuestras vidas. Recordé ese consejo de mi padre y comencé a frotar mi pecho, Celia me abrazó y apretó el hombro de Estuardo con la otra mano, el volteo el rostro y se puso en pie, sus ojos eran rojos y se veían como dos grandes tomates, me limite a secar sus lágrimas, pero no me di cuenta de que las mías ya acaparaban mis ojos.
Entonces mi vista se volvió a Gabriel, con mi mano derecha toqué su pelo, castaño y liso, recorrí su frente, luego su mejilla, su quijada y luego llegue al punto donde comenzaba su boca, pase mi mano por el contorno de sus labios, luego subí por su nariz hasta rozar sus ojos, mi mano instintivamente regresó a sus labios los cuales ya no tenían el tono rosa que acostumbraban, era purpuras, sin vida, no me importó, yo lo quería.
Solo sentí como Estuardo me veía y como Celia lo tomaba por y lo abrazaba, ignoré aquel cuadro de dolor, ignoré el sufrimiento de mi amigo, como un acto reflejo mi rostro se inclinó al cadáver mis labios sobresalieron sobre mi cara y por fin encontraron aquellos labios purpuras, era nuestro primer beso, era mi primer beso, el beso que jamás nos dimos por mi indecisión quizás, lo besé y mi llanto aumentó, mis ojos se nublaron me aferré a su cuerpo, ya estaba helado como un iceberg, levante la cabeza aún con mis manos entre el torso de Gabriel y comencé a gritar.
Al escuchar mis gritos Celia y Estuardo voltearon trataron de zafarme pero yo me resistía a hacerlo, y de repente, no sé qué pasó, mi vista se nublo y termine tirada en el piso, Estuardo me sacó cargada y Celia me administró algo de olor fuerte que me hizo despertar, Betzy ya esta a mi lado, me dio agua fría y me ofreció volver a casa, cuando volvimos la mirada hacia el otro lado de la habitación una mujer menuda se retorcía en llanto, Benjamín la reconoció al instante, era la madre de Gabriel.
Me repuse, aunque no del todo, de aquel embarazoso desmayo, y junto con mis tres amigos nos aproximamos a ella, sin mediar palabra la abrazamos, ella sabía que no podíamos decir nada al igual que ella, pero ese abrazó nos unió aún más que mil palabras.
No había notado la hora, era ya demasiado tarde, casi la hora del fin del turno de Carlos, Celia volvió a aparecer detrás de mí con aquella mirada suya y me dijo: Tu papá te espera en la entrada quiere que vayan a casa a cambiarse, yo te mantendré informada cuando ya lo saquen de acá.
Estuardo estaba demasiado nervioso, así que le pedí que se fuera con nosotros en nuestro carro, y justo como Celia me había dicho mi padre esperaba angustiado, con voz calmada le pedí que lleváramos a mi amigo a su casa, el asintió y subimos al auto, un silencio sepulcral se apoderó del ambiente, hasta llegar a la casa de Estuardo, quien agradeció y bajo del carro, abrió la puerto y luego se volvió a la ventanilla del copiloto, lugar que yo ocupaba, y dijo: Te llamó luego para que pases por mí y vayamos al funeral, - yo solo asentí y sonreí..
Llegue a casa, no hable tampoco con Carlos en el camino, colgué las llaves en el lugar de costumbre y subí a toda prisa por las escaleras, cerrando la puerta de mi cuarto con una fuerza descomunal, me tumbe en la cama y traté de ahogar el llanto, pero se hizo más fuerte.
No sé cuántas horas lloré, Carlos no apareció, era una de las cosas que me gustaba de él, me daba el espacio que necesitaba, pero después de varias horas entró vestido con un pants y una playera azul, el pelo mojado, probablemente se acababa de duchar, y en las manos llevaba una bandeja con comida, no pude ver bien que tenía hasta que se acercó y la dejó en mi mesa de noche.
Llevaba un gran vaso de gaseosa, mi favorita, un vaso con jugo de naranja y un platón con queso derretido, tomate y muchos panes tostados. Se sentó en mi cama y me obligó a comer, antes de meterme el primer bocado a la boca, lo abracé y seguí llorando. Me susurró al oído: Tu amigo llamó dice que si puedes ir por él en dos horas. Asentí, luego me dijo: pero no puedes salir así tienes que comer y hacer algo por tu aspecto, ninguna hija mía va a salir así a la calle.
Mi padre sabía la fórmula perfecta para hacerme sonreír, me empujó como solía hacerlo cuando quería sentarse a mi lado, tomó la charola y la puso encima de sus piernas y comenzó a darme de comer, como a un bebé. Yo me limité a masticar y descansar mi cabeza sobre sus hombros, hasta que me di cuenta de que la comida se acabó.
Gracias, le dije en voz baja y lo abracé, el hizo lo mismo, me levante y me metí al baño, tenía que ducharme. Lo hice lo más rápido posible, salí empapada y me puse un vestido negro, medias negras y zapatos negros, en estos casos era el color adecuado, para mí, el color normal.
Carlitos me llevas- no veía a mi padre por ningún lado, así que lo grité, cuando voltee mi padre estaba ya vestido de un traje sastre negro, tenía que admitir que se veía muy guapo, luego me dijo: Puedo acompañarte?.
Claro que sí, sonreí y tome su mano, eso servirá para que Estuardo pasé por su carro al hospital. Abrió la portezuela y me metí, era todo un caballero. Llegamos rápido a la casa de Estuardo, Carlos bocinó y mi amigo salió al instante, se subió saludó y fuimos hasta el hospital donde estaba su carro, bajo y manejaba justo detrás de nosotros.
Llegamos a la funeraria y el tiempo pasó volando, cuando sentimos ya estábamos justo en el cementerio, era un cuadro terrible, todos los amigos de Gabriel, incluyéndome, estábamos a un extremos del ataúd, y del otro su mamá, su papá y sus dos hermanas.
No recuerdo bien quien, pero alguien agradeció a todos por estar allí y luego procedieron a bajar el ataúd mientras todos tirábamos rosas blancas sobre él, se escuchaban gritos, llanto, lamentos, no voy a olvidar nunca lo que sucedió, no voy a olvidar que ese ataúd llevaba consigo a alguien a quien había querido y seguiría queriendo después de su muerte.
La gente comenzó a irse, solo quedaban la familia y los amigos más cercanos, cansados nos sentamos en la grama, hasta que alguien creyó que lo más oportuno era irse. Me despedí de todos, y busqué a Carlos con la mirada, lo vi en la última silla, esperándome. Lo tomé del brazo y nos marchamos sin mirar atrás.
Era lunes, casi las tres de la tarde, tenía que prepararme para la universidad y Carlos para volver al hospital, nos cambiamos el traje rápidamente, y luego cada uno se fue por su ruta. Cuando subí a mi carro, puse el disco de rock que más me gustaba, el más estridente y con bajos más pronunciados, le di todo el volumen que mi equipo de sonido permitió y me perdí en el tráfico.
Los días transcurrían entre las aburridas cátedras magistrales de mis maestros, los almuerzos interminables con un grupo de chicas a las que lo único que les importaba era sus peinados, los trajes de noche y los spas, el tráfico, las cenas solitarias. La mejor parte del día era por las mañanas, cuando cruzaba la calle y mi amiga Betzy abría la puerta para acompañarla a darle de comer a los perritos. Crecían de manera impresionante, eran como bolitas de pelos que se ensanchaban cada vez más.
Así transcurrieron los días y paso un mes completo, unos cuantos días después era mi cumpleaños. Era sábado, estaba nublado, y mi propósito era dormir lo mejor y el mayor tiempo que mis ojos soportaran cerrados, así que después de abrir los ojos y ver que mi reloj marcaba las siete de la mañana, tome mi celular, abrí el reproductor de música y coloque los audífonos en mis oídos y una almohada en mi cara, parecía un maniquí.
No sentí cuando la puerta de mi habitación se abrió, sentí cuando los dos entraron, tampoco sentí cuando ya estaban junto a mí, lo único que sentí fue el roce de cuatro pequeñas patitas que caminaban sobre mi estomago.
Debo confesar, estaba medio dormida, así que creí que estaba soñando, continúe tarareando en mi mente la canción que sonaba, era Chasing Cars, de Snow Patrol, parte del soundtrack de mi serie favorita, Greys Anatomy, pero luego descubrí que no soñaba, cuando una pequeña lengua húmeda rozaba mi cara abrí los ojos, me quite los audífonos y una sonrisa se dibujo cuando vi a la bola de pelos más bella del mundo con un lazo rojo atado a su cuello.
Si era mi bola de pelos, luego vi a mi amiga y a Carlos parados junto a mí, él me dijo: bueno seguramente ya no te interesan mis regalos así que me voy.
Alto allí claro que me interesan aunque esta bolita de pelos es bella, le dije.
Ambos me abrazaron y Carlitos me dio un beso en la frente, sonreí, sonreí después de muchos días sin hacerlo, el agujero del pecho aún se encontraba en el mismo sitio pero poco a poco se iba cerrando.
Y tienes que buscarle un nombre, dijo Betzy.
Tienes que probar esto, dijo Carlos.
Abrí las cajas, y los vi, era ropa para mí claro, negra, jeans, blusas y un par de botas, y en otra de las cajas había ropita de perro, que le quedaba a mi bola de pelos a la perfección, sonreí y Betzy me ayudó a medírsela.
Una hermosa camisita y un gorro de escoses fue lo primero y cuando lo vi ya vestido, le dije: Te llamarás Moguel.
Fue uno de los mejores cumpleaños de mi historia, Moguel ha sido parte de mi vida desde entonces, siempre duerme en mi recamara, y me despierta en las mañanas cuando quien sabe como adivina la hora en la que debo levantarme me lame la cara como la primera vez.
Ese día de diciembre, después de apagar el monitor de mi computadora encontré a mi fiel amigo con la correa en la mano, adivinaba todo, era impresionante, salimos sin rumbo fijo, pasamos frente a la casa de Gabriel, y decidí ir a visitarlo, solo el viento y Moguel fueron testigos de nuestro encuentro, la herida no había sanado después de dos años.
Coloque una flor que robe de la tumba vecina, Moguel se acurrucó a mi lado con las orejas hacia abajo y yo me quedé allí frente a su tumba contemplando la tranquilidad, la soledad y la tristeza que envolvía al ambiente. Abracé a Moguel, y emprendimos el regresó a casa.
pInG PoNG
Como el ping pong, vamos por el mundo
Sin imaginar que pasa en un segundo
Y aunque a veces nos sentimos como un moribundo
Todo pasa , y la vida sigue su rumbo.
Hay veces en las que no puedo explicar
Como Dios nos puede quitar
A la gente mas maravillosa
La que nos da la amistad mas hermosa
Aquellas personas buenas
Que no son ajenas
A nuestras penas
y que nos acompañan en nuestras faenas
ahora que no estas
me doy cuenta que me perdi
ahora que no estas
me di cuenta que cuando te vi
dibujado en el destino estabas
y como un angel siempre me esperabas
pero no hay mas que hacer
si tus ojos ya no se pueden volver
perdón por no estar contigo
tanto como yo hubiera querido
pero creo y percibo
que ahora siempre estaras conmigo
tu luz seguirá como un angel
rodeándome y abrazandome,
apoyándome y porras hechandome
hasta que sienta que no estas distante
ahora te puedo ver mas
porque solo basta con que no vea a los demás
y que mis ojos se cierren
para tenerte enfrente
y es que solo quiero pensar,
que conmigo te vas a poder quedar,
que aun te puedo tocar
y que a tu teléfono te puedo llamar
no sabes cuanta falta me haces,
contigo nunca tuve disfraces
Pero la vida es asi,
Aunque te aferres pierdes y yo te perdi a ti.
Por ultimo gracias por estar allí
Cuando necesite yo de ti
Porque no dijiste no
Cuando hablar con alguien quise yo
Disculpa por no estar allí
Para despedirme de ti
Porque solo un abrazo senti
Cuando tu definitivamente te fuiste de aqui
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