Aun imagino verlo, sentado debajo de un almendro polvoriento, con la levita negra, el pañuelo y el sombrero de copa, en el fragor de las dos de la tarde meditando en el Parquecito de los Evangelios.
No es fácil saber que su cuerpo subio al cielo, tal como Remedios la bella. Aun creo que aquellas tardes haciendo pecesitos dorados se repiten, e imagino su rostro esperanzado como cuando estaba frente a la agencia de correo esperando su carta.
Nunca pensé maestro que iba a dejarme. Me gustaría verlo aún en su hamaca, programando su ronda de la noche a aquellos bares o quizas escribiendo sus líneas en el Portal de los Escribanos.
Muchos años después frente a mi propio pelotón de fusilamiento, sé que recordaré el día en que el abuelo del Coronel Aureliano Buendía lo llevó a conocer el hielo, aquel día felíz también mi vida fue salvada por sus líneas maestro, me salvo de las garras de la melancolía y me metió en su maravilloso mundo mágico.
Aquel pueblecito llamado Macondo se volvió mi casa, cada rincón se volvió mi hogar. Anhelaba con todas mis fuerzas sentarme a esperar la llegada de ese desvencijado tren amarillo, entre medio de las plantaciones bananeras corriendo junto a todos los niños descalza sobre la tierra.
Viajar en el Nueva Fidelidad me devolveria la vida. Estoy segura que plantaria en el barco con orgullo la misma bandera amarilla que Florentino planto aquella tarde, para ver los atardeceres con el amor de mi vida, que al igual que Fermina Daza anhelo encontrar aunque sea al final de mis días.
Y que me dice maestro de visitar aquellas ferias enormes, tan solo para conocer a la Erendira. No tendría comparación a la emoción de verlo acompañarme de nuevo en aquellos viajes.
Un año atrás y parece que fue ayer, aquel Jueves Santo como al igual que Úrsula Iguarán usted partió hacia otro mundo que aún no conozco. Me dejó atrapada entre sus líneas, de las cuales juro no quiero salir.
La esperanza que embarga mi corazón es verlo de nuevo y entrar en Macondo, que sería mi cielo ideal, conocer a la última generación de los Buendía, si, ese de la cola de cerdo, abrazar a Rebeca, los catorce Aurelianos con su cruz de ceniza en la frente, Úrsula, el coronel Aureliano y los José Arcadios y bailar de alegría entre música y risas al poder abrazarlo y decirle gracias por rescatarme de la oscuridad y abrazarme con la luz de sus líneas.
Usted siempre vivirá en mi corazón y tenga por seguro que siempre lo amaré como a un padre que me acojió entre sus brazos y me llenó de amor a través de sus lecturas. Las mariposas amarillas ahora vuelan más alto, sobre aquel cielo que estoy segura que es su casa.
Gracias Gabo! Hasta siempre...

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