Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría "te quiero" y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes. Gabriel García Márquez dijo eso, pero no es una frasecita bonita que adorna la literatura, y nooo no la tengo en mi perfil de facebook solo porque es de mi escritor favorito, tampoco porque es linda y tierna y menos porque sea del tipo de personas que abrazan a too el mundo.
Se aplica a la vida, nunca sabemos cuando estamos diciéndole adiós a alguien, pero creo que la intuición muchas veces nos prepara el camino. Cuando alguien muere siempre comenzamos a recordar los últimos momentos que compartimos con esa persona, lo último que nos dijo o le dijimos, es allí donde vienen los arrepentimientos, los lamentos, el "si le hubiera dicho", "si hubiera ido", "si lo hubiera llamado...".
El hubiera no existe, no hay tiempo en la vida para arrepentimientos, por eso siempre hay que demostrarle a la gente que uno ama cuánto la ama, y por qué no? decírselo, porque para eso está la familia. Hay dos clases de familias para mí: la que Dios con su infinita sabiduría te regala para que convivas, crezcas y compartas sangre; y la otra que tú escoges: tus amigos.
Esa frase del Gabo tiene mucho sentido en mi vida ahora, porque hay dos historias de vida que se han cerrado en mi familia, la familia que Dios me dio, y una en la familia que yo escogí en la tierra. De los muchos buenos familiares que tengo, varios se han ido ya, pero dos me han impactado más que los demás, tal vez por su forma de morir, o porque compartí demasiadas cosas con ellos, el primero, que desde hace mucho tiempo murió y a quien quería y quiero como un hermano, a él no tuve tiempo o tal vez valor de decirle en la cara cuánto lo amaba. Créanme es una situación completamente difícil porque cuando ves el cuerpo inerte de esa persona que amas, quisieras que abriera los ojos y gritarle que lo amas, que no te deje, que lo necesitas. Yo lo hice, lo grite, y al querer creer que volvería a abrir sus ojos y podría sentir su respiración y el apretón de sus manos, me sentía tan emocionada.... Eso nunca ocurrió, fui testigo de cómo su pulso iba muriendo, de cómo sus extremidades se ponían rígidas, de cómo su piel se ponía helada y oscura, de cómo su sangre, que estaba regada en la acera se tornaba oscura y espesa, de cómo se me iba y yo me iba con él.
Yo sabía que lo amaba, y estoy segura de qué él lo sabía también, pero no se lo dije. La última vez que lo vi recuerdo que me sentí demasiado emocionada y le sonreí, fue una conexión muy hermosa, pero también poco expresiva. Cuando ya estuvo muerto, comencé a hablar con él, a sentirlo, a soñar con él. Créanme no estoy loca, son experiencias de vida maravillosas, pero recuerdo que siempre tenía ese nudo en la garganta al saber que no le había dicho últimamente cuánto le amaba. Hasta que un día lo soñé, todo vestido de blanco, lo abracé y se lo dije, imagino que él vino a mí para hacerme sentir mejor. Y luego vino de nuevo hacia mí para decirme que debía irse, esa mañana cuando desperté, lloré de emoción y le di las gracias, porque sabía que él sentía que contaba conmigo y que sería su mensajera.
Pero créanme que aunque está historia sea maravillosa. Otro amigo muy querido también se me adelantó, recuerdo que cuando me dieron la noticia sentía que moría, nunca supe que se había ido, me ahogue en un grito y no paré de llorar por una semana, tampoco le había dicho cuánto lo amaba, no lo vi antes de morir, la frustración era tal que me sentía el peor ser humano de la tierra... Así que un buen día descubrí esta hermosa frase, de mi escritor favorito. Se acomodó muy rápido a mis experiencias, y la adopte, no sólo para que se vea linda en mi facebook (como algunos se habrán dado cuenta) sino porque te ayuda a amar hasta el extremo y a demostrarlo que es lo más importante.
La última de mis experiencias fue diferente, creo que me he tomado demasiado en serio la frase pero de algo sirve. Una semana antes de que éste ángel hermoso que ahora está en el cielo, hablara conmigo, recuerdo que además de acordar una cita la semana siguiente, me despedí con un: Dios te bendiga, Te quiero mucho. Nunca se lo había dicho, y lo hice por un extraño impulso, pero lo hice.
La satisfacción de compartir esta enseñanza de vida es maravillosa, y no sólo de compartirla y agradecerles el tiempo de su lectura y las lágrimas que tal vez les hice derramar, sino porque tal vez sirva para decirle a esa persona que tanto aman, cuánto la aman, no esperen que un tonto impulso, como el que yo tuve ese día se les presente, porque puede ser que por un capricho del destino no lo haga.


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