Después de mi encierro, por fin logre salir, no le deseo esto a nadie. Estuve a punto de sentirme poca mujer, y es que miren que saber que tu novio es gay, o bisexual (quién sabe) no es nada fácil. Esta persona, Julián, porque ya no se como referirme a ella. Llego a mi casa para intentar hablar conmigo, mi madre como era de esperarse lo maldijo desde la entrada de la casa y le dijo que se largara, así que comenzó a acosarme con llamadas. Yo, por mi parte apagué el celular, cerre la puerta de mi cuarto, no comia, no dormía, no paraba de llorar.
Cuando decidí que era hora de salir, y de prender el celular, me di cuenta de la cantidad de mensajes que tenía, y me acordé que existía el correo electrónico, el facebook, el twitter y todo lo que alguien con vida normal ahora considera necesario para vivir. Comencé a revisar, este señor había escrito tantos mensajes como pudo, y lleno mis cuentas, lo único que me provocaba era nauseas, así que hice algo que jamás haría, los marqué todos y los borré.
Mi mamá había logrado hablar con mi jefe, y me habían dado las vacaciones que tenía pendientes, así que esa mañana salí a trabajar y a enfrentarme al mundo. Me sentía demasiado patetica, porque justamente trabajaba con una amiga de la universidad de Julián. Pero me dije, ni modo, a seguir.
Todos me recibieron muy bien, tratando de parecer normales, al final del día ya había retomado mi rutina y agradecí el volver a ocupar mi mente en algo bueno. No me había cruzado con Cristina, la amiga de Julián, en todo el día. Ella trabajaba en otro apartamento de mi empresa. Justo cuando estaba en el parqueo subiendo a mi carro, Cristina iba caminando al suyo y no tuve más que corresponder a su saludo, el que siguió con una mirada, y luego el acercamiento que me temía.
La chica más avergonzada que yo, me invitó a un café, sin antes advertirme, que sino quería hablarle pues que lo dijera, sino pues que la siguiera para poder conversar porque sentía la necesidad de hacerlo. Tomé un respiro, vi mi reloj, y le dije: Qué te parece el centro comercial que está a cuatro cuadras de acá? Cristina aceleró y yo hice lo mismo.
Sentí que estaba en mi primera cita, me sudaban las manos y me temblaban las piernas, no sabía que iba a decir, pero me reconfortó que Cristina se viera igual que yo. Bajamos de nuestros carros y tontamente creimos que la otra no notaba que nos limpiabamos el sudor de la cara, aunque estabamos en pleno noviembre. Al entrar al centro comercial, le pregunte a mi acompañante a que lugar quería ir, me señaló un café muy bonito con un ambiente casi privado, el mesero nos vió entrar y nos ofreció una mesa en un lugar al aire libre, me negué y le pedí privacidad. El asintió al instante, y nos dió una de las mejores y más alejadas de las mesas del lugar, lo que me hizo respirar normalmente por tres segundos.
Cristina al igual que yo no sabiamos como empezar, ni de que hablar, así que fui directo al grano. Supongo que estamos aquí por lo de Julián, le dije, ella asintió. No eramos amigas, no trabajabamos en el mismo departamento, pero nos cruzamos muchas veces. No soy quien pero quiero disculparme, así comenzó su relato que recuerdo muy bien.
Lo conocí cuando teniamos 10 y 12 años, vivíamos en la misma colonia que ahora, a tres casas de por medio, siempre fue un niño distraído, y nos hicimos amigos porque yo pasaba a la hora en que Julián estaba afuera de su casa, creo que siempre estaba afuera, y nunca entendí por qué. Un día de tantos me dijo que quería saber en dónde había comprado un peluche que cargaba en las manos, porque le gustaba mucho. Me detuve a platicar, y se nos hizo tan tarde que cuando sentí ya habia oscurecido y mi papá estaba sonando la bocina para que le abrieran el portón, me despedí y prometí que al día siguiente lo invitaría a ver mi colección de muñecos de felpa. Me parecía un lindo chico, cuando entré a casa mi papá me dijo que tuviese cuidado porque era hombre, tu sabes las prohibiciones de los padres, el mío seguramente creyó que él me enamoraba o algo así, yo lo negue alegando que eramos amigos, y le dije que lo invitaría a casa, mi mamá estuvo más tranquila.
Así que día con día mi amigo llegaba, y entraba y salía como si lo hiciera de su propia casa, crecimos, nos graduamos, comenzamos y terminamos la universidad y él siempre estuvo allí a mi lado, creéme que me siento más traicionada que tú. Él siempre me contaba de sus amores, pero nunca me presentó a ninguna chica, alegando que no era nada serio y que cuando llegara el momento lo haría, y entonces apareciste tú. Yo estaba más tranquila porque lo ví sentar cabeza después de tantas decepciones y llantos. Me llamaba en las madrugadas muchas veces, llorando por amores perdidos y corazón roto. Pero nunca supe nada más...
Cristina se veía sincera en su relato, así que le creí, y además asentí a todo lo que me contaba, sentía que hablaba con alguien tan o más lastimado que yo.
No he hablado con él desde el día que me enteré de lo de tu despedida, lloraba Cristina, imagino que se siente muy solo, siempre a sido tan sensible y ahora entiendo por qué. Ella también me dijo que contara con su amistad, si es que yo la quería, le dije que sí.
Parte de lo que necesitaba hacer ahora que ya había tomado manos a la obra en mi situación, era hablar con Julián, así que creía prudente que Cristina me acompañara, porque no quería hacerlo sola. El miércoles siguiente fuimos al departamento dónde vivía Julián, una camioneta negra entraba al edificio. Siempre que iba a casa de Julián la misma camioneta salía, ahora entraba, pero me dió igual. Ibamos en el carro del papá de Cristina, quien nos mandó con chofer incluido al lugar porque temía que por nuestros nervios alterados pudiesemos tener un accidente.
El departamento era el 323, entramos al parqueo y nos anunciamos, ibamos justo detrás de la camioneta, el portero nos reconoció al instante, y se puso casi pálido y con un tono de advertencia se dirigió a nosotros y dijo, si yo fuera ustedes vendría en otro momento. Los chicos de la camioneta nos ganaron el elevador, así que tomamos las escaleras, casi desmayamos cuando vimos que había una fiesta en el departamento de Julián, así que inmediatamente tomé a Cristina del brazo, y nos escondimos tras una planta, era una fiesta de disfraces, nuestros antecesores ahora entraban con antifaces en el rostro.
Se me ocurrió llegar al fondo del asunto, aunque fuera escabroso, así que le dije a mi acompañante si quería que antes de entrar, fueramos a una fiesta de disfraces, e inmediatamente bajamos al parqueo, regresamos con un par de disfraces, que nos hacían ver como travestis, entramos a la fiesta tomadas de la mano y todos nos sonrieron. Estuve a punto de gritar cuando mi ex prometido metía su larga lengua en la boca de otro chico, mientras que este lo tomaba de las pompas, era asqueroso. Rapidamente fuimos a la barra, pedimos un par de tragos y nos inventamos una super historia justificando nuestra presencia al chico de al lado en el bar.
Le decían Esmeralda, era un rubio ojos claros hermoso, vestido de cupido y con ademanes más femeninos que los de Lady D, Cristina le preguntó que si conocía al chico de la fiesta, el le dijo que sí, que lo había visto en una orgía la semana anterior. Según lo que Esme (así se decía de cariño) nos contó esas orgías las hacían todos los jueves en la noche, justo a la misma hora en la que Julián siempre debía estar en su partido de damas, al que nunca me dejó ir porque decía que se distraería con mi presencia. Cristina me dijo que a ella le decía lo mismo.
Casi muero de un infarto cuando Esme, me dijo, ves aquella princesa tibetana de allá?, es el dueño de la fiesta! Yo contuve el aire, y Cristina le dió un sorbo grande a su vaso de cerveza. Mi ex se veía adorable con su vestido tipo tibetano, tacones y delineador en los ojos, me creí tan fuerte que me levanté y Cristina conmigo y lo hicimos para poder hablarle, pero antes le pregunte a Esme como se llamaba, y me dijo: Juliana....

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